Gustavo Adolfo Becquer: Desde mi celda 

CARTA SEXTA 

Queridos amigos: Har cosa de dos  tres aos, tal vez leeran ustedes en los peridicos de Zaragoza la relacin de un crimen que tuvo lugar en uno de los pueblecillos de estos contornos. Tratbase del asesinato de una pobre vieja  quien sus convecinos acusaban de bruja. ltimamente, y por una coincidencia extraia, he tenido ocasin de conocer los detalles y la historia circunstanciada de un hecho que se comprende apenas en mitad de un siglo tan despreocupado como el nuestro. 

Ya estaba para acabar el da. El cielo, que desde el amanecer se mantuvo cubierto y nebuloso, comenzaba  obscurecerse  medida que el sol, que antes transparentaba su luz  travs de las nieblas, iba 
debilitndose, cuando, con la esperanza de ver su famoso castillo como trmino y remate de mi artstica expedicin, dej  Litago para encaminarme  Trasmoz,pueblo del que me separaba una distancia de 
tres cuartos de hora por el camino ms corto. Como de costumbre, y exponindome,  trueque de examinar  mi gusto los parajes ms speros y accidentados,  las fatigas y la incomodidad de perder el camino por 
entre aquellas zarzas y peascales, tom el ms difcil, el ms dudoso y ms largo, y lo perd en efecto,  pesar de las minuciosas instrucciones de que me pertrech  la salida del lugar. 

Ya enzarzado en lo ms espeso y fragoso del monte, llevando del diestro la caballera por entre sendas casi impracticables, ora por las cumbres para descubrir la salida del laberinto, ora por las honduras con la idea de cortar terreno, anduve vagando al azar un buen espacio de tarde hasta que por ltimo, en el fondo de una cortadura tropec con un pastor, el cual abrevaba su ganado en el riachuelo que, despus de deslizarse sobre un cauce de piedras de mil colores, salta y se retuerce all con un ruido particular que se oye  gran distancia, en medio del profundo silencio de la naturaleza que en 
aquel punto y  aquella hora parece muda  dormida. 

Pregunt al pastor el camino del pueblo, el cual segn mis cuentas no deba distar mucho del sitio en que nos encontrbamos, pues aunque sin senda fija, yo haba procurado adelantar siempre en la direccin que me haban indicado. Satisfizo el buen hombre mi pregunta lo mejor que pudo, y ya me dispona  proseguir mi azarosa jornada, subiendo con pies y manos y tirando de la caballera como Dios me daba  entender, por entre unos pedruscos erizados de matorrales y puntas, cuando el pastor que me vea subir desde lejos, me di una gran voz advirtindome que no tomara la senda de la ta Casca, si quera llegar sano y salvo  la cumbre. La verdad era que el camino, que equivocadamente haba tornado, se haca cada vez ms spero y difcil y que por una parte la sombra que ya arrojaban las altsimas rocas, que parecan suspendidas sobre mi cabeza, y por otro el ruido vertiginoso del agua que corra profunda  mis pies, y de la que comenzaba  elevarse una niebla inquieta y azul, que se extenda por la cortadura borrando los objetos y los colores, parecan contribuir  
turbar la vista y conmover el nimo con una sensacin de penoso malestar que vulgarmente podra llamarse preludio de miedo. Volv pies atrs, baj de nuevo hasta donde se encontraba el pastor, y mientras seguamos juntos por una trocha que se diriga al pueblo, adonde 
tambin iba  pasar la noche mi improvisado gua, no pude menos de preguntarle con alguna insistencia, por qu, aparte de las dificultades que ofreca el ascenso, era tan peligroso subir  la cumbre por la senda que llamo de la ta Casca. 

Porque antes de terminar la senda, me dijo con el tono ms natural del mundo, tendrais que costear el precipicio  que cay la maldita bruja que le da su nombre, y en el cual se cuenta que anda penando el 
alma que, despus de dejar el cuerpo, ni Dios ni el diablo han querido para suya. 
