Emilia Pardo Bazn: Un viaje de novios 

Que la boda no era de gentes del gran mundo, conocase a tiro de ballesta, a la primera ojeada. No hay duda que los desposados podan alternar con la ms selecta sociedad, al menos por su aspecto exterior; pero la mayora del acompaamiento, el coro, perteneca a la clase media, en el lmite en que casi se funde con la masa popular. 

Haba grupos curiosos y dignos de examen, ofreciendo el andn de la estacin de Len golpe de vista muy interesante para un pintor de gnero y costumbres. 

Ni ms ni menos que en los pases de abanico cuyas mitolgicas pinturas representan nupcias, se notaba all que el squito de la novia lo componan hembras, y slo individuos del sexo fuerte formaban el del novio. 

Advertase asimismo gran diferencia entre la condicin social de uno y otro cortejo. La escolta de la novia, mucho ms numerosa, pareca poblado hormiguero: viejas y mozas llevaban el sacramental traje de negra lana, que viene a ser como uniforme de ceremonia para la mujer de clase inferior, no exenta, sin embargo, de ribetes seoriles: que el pueblo conserva aun el privilegio de vestirse de alegres colores en las circunstancias regocijadas y festivas. 

Entre aquellas hormigas humanas habalas de pocos aos y buen palmito, risueas unas y alborotadas con 
la boda, otras quejumbrosicas y encendidos los ojos de llorar, con la despedida. Media docena de maduras dueas las autorizaban, sacando de entre el velo del manto la nariz, y girando a todas partes sus pupilas 
llenas de experiencia y malicia. 

Todo el racimo de amigas se apiaba en torno de la nueva esposa, manifestando la pueril y vida curiosidad que despierta en las multitudes el espectculo de las situaciones supremas de la existencia. Se estaban comiendo a miradas a la que mil veces vieran, a la que ya de memoria saban: a la novia, que con el traje de 
camino se les figuraba otra mujer, diverssima de la conocida hasta entonces. Contara la herona de la fiesta unos diez y ocho aos: aparentaba menos, atendiendo al mohn infantil de su boca y al redondo contorno de sus mejillas, y ms, consideradas las ya florecientes curvas 
de su talle, y la plenitud de robustez y vida de toda su persona. 

Nada de hombros altos y estrechos, nada de inverosmiles caderas como las que se ven en los grabados de figurines, que traen a la memoria la mueca rellena de serrn y paja; sino una mujer conforme, no al tipo convencional de la moda de una poca, pero al tipo eterno de la forma femenina, tal cual la quisieron natura y arte. 
