Vicente Blasco Ibez: La Barraca 

Desperezse la inmensa vega bajo el resplandor azulado del amanecer, ancha faja de luz que asomaba por la parte del Mediterrneo. 

Los ltimos ruiseores, cansados de animar con sus trinos aquella noche de otoo, que por lo tibio de su ambiente pareca de primavera, lanzaban el gorjeo final como si les hiriese la luz del alba con sus reflejos de acero. De las techumbres de paja de las barracas salan las bandadas degorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, y las copas de los rboles empezaban  estremecerse bajo los primeros jugueteos de estos granujas del espacio, que todo lo alborotaban con el roce de sus blusas de plumas. 

Apagbanse lentamente los rumores que haban poblado la noche: el borboteo de las acequias, el murmullo de los caaverales, los ladridos de los mastines vigilantes. 

Despertaba la huerta, y sus bostezos eran cada vez ms ruidosos. Rodaba el canto del gallo de barraca en barraca. Los campanarios de los pueblecitos devolvan con ruidoso badajeo el toque de misa primera que sonaba  lo lejos, en las torres de Valencia, esfumadas por la distancia. De los corrales sala un discordante concierto animal: relinchos de caballos, mugidos de vacas, cloquear de gallinas, balidos de corderos, ronquidos de cerdos; un despertar ruidoso de bestias que, al sentir la fresca caricia del alba cargada de acre perfume de vegetacin, deseaban correr por los campos. 

El espacio se empapaba de luz; disolvanse las sombras, como tragadas por los abiertos surcos y las masas de follaje. En la indecisa neblina del amanecer iban fijando sus contornos hmedos y brillantes las filas de moreras y frutales, las ondulantes lneas de caas, los grandes cuadros de hortalizas, semejantes  enormes pauelos verdes, y la tierra roja cuidadosamente labrada. 

Animbanse los caminos con filas de puntos negros y movibles, como rosarios de hormigas, marchando hacia la ciudad. De todos los extremos de la vega llegaban chirridos de ruedas, canciones perezosas interrumpidas por el grito que arrea  las bestias, y de vez en cuando, como sonoro trompetazo del amanecer, rasgaba el espacio un furioso rebuzno del cuadrpedo paria, como protesta del rudo trabajo que pesaba sobre l apenas nacido el da. 
